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martes, 3 de junio de 2008

Amistad a lo largo

Jaime Gil de Biedma (1929-1990)



Pasan lentos los días
y muchas veces estuvimos solos.
Pero luego hay momentos felices
para dejarse ser en amistad.

Mirad:
somos nosotros.

Un destino condujo diestramente
las horas, y brotó la compañía.
Llegaban noches. Al amor de ellas
nosotros encendíamos palabras,
las palabras que luego abandonamos
para subir a más:
empezamos a ser los compañeros
que se conocen
por encima de la voz o de la seña.
Ahora sí. Pueden alzarse
las gentiles palabras
-ésas que ya no dicen cosas-,
flotar ligeramente sobre el aire;
porque estamos nosotros enzarzados
en mundo, sarmentosos
de historia acumulada,
y está la compañía que formamos plena,
frondosa de presencias.
Detrás de cada uno
vela su casa, el campo, la distancia.

Pero callad.
Quiero deciros algo.
Sólo quiero deciros que estamos todos juntos.
A veces, al hablar, alguno olvida
su brazo sobre el mío,
y yo aunque esté callado doy las gracias,
porque hay paz en los cuerpos y en nosotros.
Quiero deciros cómo trajimos
nuestras vidas aquí, para contarlas.
Largamente, los unos con los otros
en el rincón hablamos, tantos meses!
que nos sabemos bien, y en el recuerdo
el júbilo es igual a la tristeza.
Para nosotros el dolor es tierno.

Ay el tiempo! Ya todo se comprende.

miércoles, 30 de abril de 2008

El extranjero


A continuación, el fragmento de "El extranjero" que, para mí, mejor refleja la apatía e indiferencia de su protagonista. Y es que, en palabras del autor, Albert Camus, "El vacío del corazón tal y como se descubre en este hombre se convierte en un abismo donde la sociedad podría sucumbir". A mí, simplemente me recuerda que siempre existe un roto para un descosido y que la atracción entre personas sólo tiene el sentido que le queramos dar.
"Por la tarde, Marie vino a buscarme y me preguntó si quería casarme con ella. Le dije que me daba igual y que podíamos hacerlo si era su deseo. Me preguntó entonces si la quería. Contesté, como ya había hecho una vez, que nada significaba eso, pero que ciertamente no la quería. «¿Por qué te casarías entonces conmigo?», dijo ella. Le expliqué que la cosa no tenía importancia alguna, pero que si ella lo deseaba podíamos casarnos. Además, era ella la que lo preguntaba y yo me limitaba a responder que sí. Comentó ella que el matrimonio era una cosa seria. Respondí: «No». Se calló un momento y me miró en silencio. Después habló. Quería simplemente saber si yo habría aceptado la misma proposición de otra mujer, a la que hubiese estado unido de igual modo. Dije: «Naturalmente». Se preguntó entonces si ella me amaba a mí, pero yo nada podía decir sobre ese punto. Después de otro momento de silencio, musitó que yo era raro, que sin duda ella me quería por eso, pero que tal vez un día yo le repugnaría por las mismas razones. Como me callaba, porque nada tenía que añadir, me tomó del brazo sonriendo y declaró que quería casarse conmigo. Le dije que lo haríamos cuando quisiera."

lunes, 21 de abril de 2008

Tipos de obsesión por la mujer



Naiara y yo paseábamos tranquilamente cuando vimos a un conocido común, acompañado por una mujer. Nos detuvimos a saludar e intercambiamos algunas frases. Durante la breve charla desvié mi atención varias veces hacia la acompañante desconocida puesto que me recordaba a su antigua pareja, hasta el punto de dudar acerca de si sería ella realmente. Tras despedirnos, concluí que no lo era. Después, Naiara me dijo que a ella también le había llamado mucho la atención el gran parecido que guardaban ambas mujeres. Yo le comenté que hay quienes persiguen un estereotipo de persona y que eso me recordaba a un fragmento de Milan Kundera en "La insoportable levedad del ser". Añadí que buscaría el fragmento. Y lo encontré:
"Entre los hombres que van tras muchas mujeres podemos distinguir fácilmente dos categorías. Unos buscan en todas las mujeres su propio sueño, subjetivo y siempre igual, sobre la mujer. Los segundos son impulsados por el deseo de apoderarse de la infinita variedad del mundo objetivo de la mujer.

La obsesión de los primeros es lírica: se buscan a sí mismos en las mujeres, buscan su ideal y se ven repetidamente desengañados porque un idea es, como sabemos, aquello que nunca puede encontrarse. El desengaño que los lleva de una mujer a otra le brinda a su inconstancia cierta disculpa romántica, de modo que muchas mujeres sentimentales pueden sentirse conmovidos por su terca poligamia.

La segunda obsesión es épica y las mujeres no ven en ella nada conmovedor: el hombre no proyecta sobre las mujeres un ideal subjetivo; por eso todo le resulta interesante y nada puede desengañarlo. Y es precisamente esa incapacidad para el desengaño la que contiene algo de escandaloso. La obsesión del mujeriego épico produce a la gente la impresión de que no se ha pagado nada a cambio de ella (no se ha pagado con el desengaño)."
No deja de ser una clasificación que peca de ser extremadamente breve, simple y maniqueísta, pero me gusta tanto cómo escribe Kundera, que la quería compartir con quien pueda leerla. 

martes, 15 de abril de 2008

Tengo lo que tengo

Mario Benedetti 
Vivir adrede, 2007


"Tengo lo que tengo y nada más, pero no me quejo. Mis manos, ya habituadas a asir lo mío, no son víctimas ni victimarias. Se cierran lentamente y advierto los puños en que se han convertido. No agreden, no golpean, pero por las dudas se abren de nuevo, porque en última instancia tienen la vocación de acariciar y ése es su oficio primordial. [...]

Tengo lo que tengo y nada más. Oscilo entre la consolación y el desconsuelo. Me arden las sienes pero no es jaqueca, sino la búsqueda sobria de un precario equilibrio. Asimismo busco remordimientos más o menos cercanos y no encuentro ninguno.

Digamos que mis pasos no son firmes. Tendría que probar con pies descalzos, para no engañarme con tacos y suelas. [...]

De nuevo tengo lo que tengo (vaya, la verdad es que me siento otro) pero por fin estoy más seguro y más lejos."